Siempre había querido ir. Siempre había estado como algo ahí, que algún día haría, pero cuando realmente bajas del avión y realmente estás allí, es como despertar en un sueño. Tal cual. Una sobredosis sensorial total que te absorbe y te embriaga desde el primer momento hasta casi varios días después de la vuelta. Algo que vas a tener siempre encima y que probablemente nunca te lo quitarás.
Japón es futuro, Japón es pasado, Japón es otro mundo, pero sobre todo es una cultura que nunca seremos capaces de asimilar, por su gente principalmente. Gente que es educada, limpia, respetuosa y con una mentalidad de comunidad que hace que sea enfermizamente idílico. Aún así te atrapa desde el primer momento.
Sus edificios, sus templos, sus paisajes, sus luces, sus costumbres, sus figuritas, sus coches, sus calles, sus Gundams, sus gachapones, sus ropas y evidentemente esa barrera del idioma, hace que haya algo ahí que atraiga de una forma brutal.
No hemos visto ni un 1% de lo que te da este país, pero aún así, volvimos contentos, felices de haber disfrutado de algo que era una idea, un algo que se iba a hacer y sobre todo por haber cumplido sueños y eso probablemente sea lo mejor.
Ya se lo dijo Jack a Kate en aquella mítica escena de Perdidos: Tenemos que volver.
Y es que cuando vuelves de un viaje así, todo el mundo te pregunta ¿y qué tal? y mi respuesta en este caso siempre ha sido lo mismo: Cualquier cosa que te hayan contado de Japón se queda corta a lo que realmente es.









































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